En una bicicleta que ya no tengo, sin pensar en lo que podía pasar con mi abuela, salí, solo, hacia la casa de mi tía Jesús, Chus de cariño, un 14 de octubre de 2001. Era aún la mañana de un domingo, y había hablado con mi mamá, para que le llevara la noticia a mi tía, sobre el delicado estado de su mamá.
Y sin pensarlo empecé a pedalear, no me importaba lo lejos que quedaba su casa, en ese entonces, de la mía. Había dejado atrás los rostros de preocupación de mis tíos y primos que esperaban y le pedían a Dios porque mi abuelita se recuperara y pudiera salir de la enfermedad que la tenía en el hospital.
Llegué después de un rato, estaba nublado y yo estaba cansado por las subidas del camino. Apareció mi primo Luis, mi carnal y mi hermano de siempre, al que llevaba mucho tiempo de no ver porque no vivía aquí. Mi tío me vio y yo le conté lo que pasaba, la preocupación que ya tenía se acrecentó al saber que mi abuela estaba ya muy mal.
Me dispuse a regresar y Luis me hizo compañía, y cada quien en su bicicleta recorrimos las calles, hicimos el camino mas largo, eramos niños y habíamos olvidado por ese rato la situación en casa, reíamos, nos caímos, pero disfrutamos el viaje.
Las sonrisas se borraron cuando nos acercábamos a mi casa y vimos que mis tíos colocaban una moña negra de nylon en la puerta, nuestra abuela se había ido.
No pensé en nada, nadie me dijo nada cuando entré, llegué al cuarto de mis papás y me acosté en su cama. No sabía que sentir, qué hacer o qué decir. Estaba ahí, solo. Entró mi papá, y me gritó : "¡QUE ONDA FLACO!", y fue en ese preciso cuando mi mente entendió lo que sucedía, me desmoroné.
Lloré desconsoladamente junto a mi papá, era la primera vez que lo veía llorar. Me pidió que no dejara a mi mamá, que teníamos que estar con ella porque nos necesitaba. Y así lo hice.
Salimos con mis primos, todos juntos íbamos a hacer los mandados: comprar cosas, cargar cosas... y en un momento que entré a mi casa escuché a mi mamá. Planchaba un vestido negro, y lloraba. La abracé y lloramos juntos, la más viejita de la casa se nos había ido. Nunca voy a olvidar lo que durante ese abrazó me dijo: "Ella vivirá siempre en nuestros corazones".
Hasta hace poco entendimos todo lo que ella significaba para toda la familia, era el sostén, la única persona que mantenía unidos a todos, y a quien le debo la vida de mi santa madre.
Con ella fue muy doloroso para todos, tenía 71 años, y tantos años después la extrañamos como el primer día.
Han pasado ya once años y medio, y no hace mucho que mi abuelo también se fue. Vivió muchos mas años que mi abuela, parecía una persona más sana a pesar de los vicios que a fin de cuentas fue lo que terminaron con el.
Don "Minche Gas" como era conocido en este modesto pueblo donde vivo, se le concedió el deseo que tuvo hace muchos años, el de estar solo siempre, y que nadie lo molestara. Hizo méritos para conseguir esto, demasiados y que aun están presentes en el sentir de mi mamá y sus hermanos. Incontables son las historias que me ha contado mi mamá respecto a todo el dolor que les causó, en especial a mi abuela, que a pesar de haber tenido tantos hijos, nunca la vio como una mujer, sino como un objeto que podía controlar a su gusto y gana, y como alguien a quien podía golpear cuando se le diera la gana.
Tomaba, maldecía, lanzaba dardos venenosos en forma de palabras, y golpes certeros que no dolían tanto como lo que les decía entre su delirio por el alcohol. Son golpes que son difíciles de superar, tal vez casi tan duros como al que el le tocó, perder a su madre de muy niño.
Aun no se si su padre fue igual de estricto (o cruel) con el, así como lo fue con mi mamá y mis tíos. El tendría sus motivos para ser así. O tal vez solo Dios sabe por qué, incluso estando ya postrado en cama, en sus últimos días, no dejaba de maltratar, de hacer sentir mal a quienes lo cuidaban, de hacer llorar a mi madre.
Sufrió, y aunque no lo disfrutaba, eso era lo que el quería, convivir con su dolor a cuestas hasta el último día. No tenía remordimiento por tantos años de dura vida que le dio a todos, nunca escuché que de su boca saliera una palabra cariñosa hacia nadie. No se como logró vivir tanto tiempo así, sin sentirse mal nunca.
El 20 de noviembre se adelantó, y a pesar de todo, de tantas cosas que hizo, que dijo y que no dejó que se hicieran porque era su voluntad, en su sepelio, lloré, al igual que mis tías. Mi mamá a pesar de que encontró sentimientos por el en ese momento que no había conocido antes, se contuvo, o simplemente no le nació hacerlo. No es algo para juzgarla, hay que entenderla, no estamos en sus zapatos y no comprendemos por lo que ella pasó.
Cuando mi abuela se fue, hubieron problemas en la familia, herencias, discordias, envidias; cuando se fue mi abuelo, pasó exactamente lo mismo. Vivo entre una familia disfuncional, inconforme con todo, problemática... la partida de mis abuelos marcó que todos estos problemas aparecieran. Sería excelente que mi abuela aun viviera.
Quizás, soy muy duro al juzgar de esa manera a mi abuelo, quizás yo pude haber hecho algo, el "hubiera" crea en mi un sentimiento muy fuerte de culpa, por haberle guardado rencor, por mantenerlo incluso ahora que ya no está, por no visitar su tumba ni llevarle flores.
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