Salí de la tienda de mi madre y ahí estaba, con la mirada perdida, divagando en sus propios pensamientos, de tristeza, melancolía, sufrimiento, vergüenza.
La gente habla, muchos dicen que las personas que se sientan en las banquetas con una palangana pequeña al frente y un niño pequeño mal vestido a la par, "ganan bastante" con las limosnas de las personas que al pasar a su lado y verlos, sienten pena, lástima, o cualquier otra aflicción parecida.
Nada más lejos de la realidad, según las estadísticas, pero fuera de eso, cuando salí de la tienda de mi madre y vi a este señor arrodillado, con una pequeña palangana de plástico, sus ojos tristes y su ropa sucia, comprendí una cosa: hay que tener valor para postrarse en el suelo; la maldita necesidad es tan alta que, en muchas ocasiones, hay que recurrir a eso, a pedir limosna, para comer.
No recuerdo quien me lo dijo, pero si recuerdo sus palabras: "los limosneros ganan bien estando sentados todo el día, solo recibiendo pisto". En el momento que vi al señor de rodillas, pensé que me hubiera encantado responderle a este alguien, si tendría los huevos suficientes como para doblar las piernas ante la gente y pedirles lo que les sobra.