martes, 9 de abril de 2013

La Lluvia

Cuando iba camino a la universidad, me topé con uno de los escenarios improvisados más espectaculares y simples en los que he estado. Como todos los días (que voy), estaba en mi lugar habitual en el bus, viendo por la ventana el mismo camino de siempre; negocios, casas, carros, camionetas, pasarelas, gente. Pero lo que hacía diferente este viaje de los demás es que esta gente, parecía estar disfrutando de la fuertísima lluvia que se hizo presente desde las 4 pm.

Veía a muchos en las puertas de sus negocios o casas, viendo pasar los carros, inhalando el humo negro que está a la orden del día, o tal vez viendo como el agua seguía su curso, cayendo y andando libre por las calles, más libre que cualquiera, sin detenerse por ningún motivo, sin preocuparse a dónde irá, sin saber qué será lo que encontrará en su camino, solo fluyendo.

Por la empañada ventana noté que afuera de un taller estaban cuatro personas, hombres, que al parecer no encontraron refugio de la furia de la naturaleza hecha lluvia, sus pantalones no solo notaban agua, sino que también lodo, al igual que sus zapatos. Aún así, con frío, empapados, enlodados, sonreían. Así de paradójico, hablaban y molestaban entre ellos, los cuatro con una sonrisa dibujada en el rostro. Quiero imaginar que se divirtieron recibiendo las gotas en sus ropas, que a pesar de que corrieron desde algún lugar buscando dónde pararse para mantenerse secos, no lo lograron y el agua los atrapó. 

El bus seguía su camino, lentamente por el tráfico que la lluvia causa siempre. En esta ocasión, fue torrencial. Un poco después del escenario de los cuatro chavos alegres, había un árbol caído, sus hojas estaban regadas por el asfalto y su vida parecía que había terminado, el tronco ya no estaba sujeto de su raíz.

Aun sin reaccionar de la caída del árbol, mientras el bus seguía su camino, una valla publicitaria también fue víctima del fuerte viento y la furia de esa lluvia que tardó muchos días en aparecer, para alborotar el insoportable calor que nos estuvo haciendo sudar a toda hora, desde muy temprano.

Después de esto, el tránsito fue mas rápido y ante el retraso, el bus avanzó con más velocidad por las mojadas calles de la ciudad. Seguía viendo a las personas refugiadas, creando conversaciones de minutos que podrían durar horas si sus vidas así lo permitieran. Me limitaba a observar mientras mis compañeros no se daban cuenta de lo que había fuera.

Más vallas publicitarias dañadas o caídas, canales tapados y calles inundadas, personas con un nailon para protegerse de la incesante caída del cielo, y un espectáculo para mis ojos, los únicos que lo ven así.

Llegábamos a la universidad, y por las partes donde más rápido va el bus, entre plantaciones de milpa y casas de adobe vi lo más hermoso que pude ver el día de ayer, una gran capa de granizo había cubierto casi por completo el monte y la tierra, sonreí como tonto ante esto.

Parecía nieve y quería creer que eso era, como para sentirme un niño emocionado y empezar hacer un ángel con brazos y piernas, un muñeco de tres bolas de nieve, una bufanda, un sombrero y su nariz de zanahoria. Era increíble. Colinas, terrenos, casas, en perfecto tono blanco. Ante tal belleza mis compañeros si reaccionaron, yo solo pude ver del lado de mi ventana, parece que del otro lado también se veía ese singular fenómeno.

Pasamos, y hasta el momento tengo la imagen blanca en mi cabeza.

Todo esto se complementó gracias a mi celular y mis audífonos, en el momento antes de ver a los cuatros chavos sonrientes, exactamente ahí, empezaba a sonar esta magnífica canción, que me acompañó justamente, hasta donde el suelo se convirtió en una sábana blanca, sin haberla buscado, solo empezó a sonar, y en el momento perfecto, para completar una escena inusual, llena de momentos especiales, al menos para mi.



Una muestra de lo que vi, aunque no se nota del todo bien, ahí está la alfombra blanca.

(Foto de Anita Saucedo).

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