domingo, 3 de marzo de 2013

Extraños.

Divago por las calles, escuchando música o en las redes sociales generalmente, esperando. Camino casi siempre por los mismos lugares, por las mismas calles, pero casi nunca miro a la misma gente, no me percato de eso en ese mismo momento, sino hasta regresar a casa y recapitular los lugares por donde mis pasos se encaminaron, por donde mis ojos tuvieron la oportunidad de dirigir la mirada.

Salgo de casa a la parada del bus, casi siempre hay alguien esperando, sentado en la banca o recostado en el poste que hay allí, y cuando no hay nadie esperando, esta siempre el chavo que vende gasolina mexicana, con sus galones en dos grandes cajas de madera y una especie de embudo improvisado hecho con un tubo plástico y una botella desechable recortada, moviendola con toda la apatía del mundo, cansado y aburrido de estar en el mismo lugar todo el día, todos los días, viendo a las personas pasar, los carros, buses y motos a toda velocidad y a todos los que llegan ahí a acompañarlo sin hacerlo.

Abordo el bus, todos los lugares van ocupados, y al fondo me espera la llanta de repuesto. Mi cabeza sigue ocupada en la hora, en la música y la carga de mi teléfono, deseando que se mantuviera en 100% eternamente, pero no. Casualmente en cada viaje que hago en estos buses, logro notar que siempre son personas distintas las que me acompañan, de todas las veces que me toca andar en bus es muy raro cuando veo a una persona dos días seguidos.

Bajo del bus, camino por el parque y la muni, cruzo a la fila de restaurantes adornadas al frente por un extenso jardín, ventas de discos piratas y playeras rockeras, y taxis. No conozco a nadie. Pareciera que acaban de llegar al lugar a conocer, o será que yo no salgo mucho, pero no reconozco a nadie. Sigo mi camino.

Tomo más calles para llegar a mi destino, mi mente divaga, nota los rostros de las personas, unos preocupados, otros con prisas por llegar a donde sea que vayan, creyendo que con acelerar la motoneta a fondo lo van a lograr, otros muy platicadores y con una sonrisa (de estos veo muy pocos). 

Las únicas personas que reconozco son las que tienen sus negocios por esas calles, un internet, una venta de helados, una librería... un señor con deficiencias en los huesos que apenas y puede cruzar la calle pidiéndole a la gente de buen corazón una colaboración para llevarse algo a la boca, aunque la mayor parte del tiempo es ignorado, todos lo ven pero es como si no estuviera ahí, todos pasan indiferentes y pareciera que piensan en otra cosa para evitar recordar que lo acaban de ver... tristeza.

Sigo caminando y al fin en una esquina puedo saludar a un viejo cuate que trabaja en una farmacia, muy amistoso desde que lo conozco. Sigo mi camino, y a pesar de no conocerlos, se que siempre están, los chevereros, esos trabajadores vespertinos que más de una vez me han quitado el hambre (y también me la han causado). 

La fila de negocios que se extiende como plaga por lo que en el algún momento fueron casas, hogares, continúa. Las personas son todas unas extrañas; dos perros enormes en un parqueo, dos farmacias y un restaurante, continúo.

En otra farmacia saludo a otro amigo de familia, de muchos años. Cruzo la calle y paso por el lugar donde nací, un viejo hospital que con cada temblor y época lluviosa pierde un pedazo de su infraestructura, que se llena de basura como protesta a la deficiente corporación municipal que elegimos, y que ahora es una clínica con doctores originarios de Cuba, que cobran lo que no deberían creyendo que es lo más justo. 

Al fin, llego a mi destino, a ese lugar donde siempre me están esperando, el cual solo sirve para saludarnos y despedirnos antes de irnos de ahí para recorrer otras calles, sin importar cuales sean, según los mandados que tengamos que cumplir. Las personas siguen siendo un enigma, tanta gente para un lugar que parece tan chico, tantas mentes y pensamientos revueltos, tantas penas, alegrías, preocupaciones y sonrisas; tanta gente que nunca llegaré a conocer.

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