jueves, 20 de febrero de 2014

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No había llegado nada ni nadie, como han sido las mañanas últimamente. Sólo me acompañaba el sol imponente, que no perdona a quienes estamos bajo su alcance.

Y entró el, como cualquier otra persona, pero había algo distinto en su mirada, en su lento y cansado caminar, en esa esperanza de ganar algo de dinero para alimentar a su familia, como muchos en la misma situación en este país tan castigado por la pobreza, por el hambre, por el desempleo, por todo lo que ya conocemos y no nos atrevemos a repeler.

Me habló, no por lástima, no por mala fe, sino por necesidad, esa maldita que le consume la vida a tanta gente, que le preocupa, que no piensa en él, no piensa en su comida, en sus enfermedades, en su futuro, solo en su familia, en sus hijos, en el futuro de ellos y que no tiene cómo darles tortilla.

Así estamos.

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