miércoles, 15 de mayo de 2013

Angel


Tuve un primo, que por decisión del de arriba, o por el destino, o porque la vida no lo quería más, ya no esta aquí... o bueno, ni aquí, porque era originario y residente de ese paraíso llamado Panajachel.

Vivió poco más de 20 años, no se cuántos exactamente, pero de lo que si estoy seguro es que esa vida fue muy difícil.

Nació donde se encuentra ese lago hermoso. Pasó los primeros años de su vida con sus dos hermanos, su papá y su mamá. Por eso parecería que todo estaba bien, pero no. Su mamá parecía no quererlos, hasta el punto de dejarlos con su papá, y huir de todo, abandonándolos a la merced de lo peor que les podía pasar.
Mi tío optó por el mismo camino, dejarlos. Ahora resultaron con otra tía, que sin querer los recibió, con los brazos cerrados y las esperanzas de una niñez muertas. Siguieron creciendo entre regaños diarios, malos tratos, gritos, golpes, mala vida, malos momentos, todo mal.

Pasaron de ser tres niños desprotegidos a los sirvientes de dos arpías que lamentablemente son familia. Se veían en la obligación de hacer lo que se les demandaba para poder tener un plato de comida, que no era servido igual que el de ellas, por supuesto.

Jugábamos, molestábamos, crecimos juntos. Escondidas, tenta, “futebole”, carreras en bicicletas (hasta que este par de malvadas se apoderaron de nuestro patio y lo hicieron su sala). Estudiábamos, y a diferencia de mi que podía ver tele un rato, jugar y hacer deberes sin tanto problema, para ellos era más complicado. La TV, los juegos dentro de su casa, una comida decente, su niñez plena y digna, prohibido.

Y así llegó la adolescencia, entre quemar sus manos en un comal caliente por ser culpables, según ellas, de la desaparición de un quetzal (por un quetzal les quemaban las manos).

El primero en irse fue Julio, luego de el Ángel y quien mas tardó en reaccionar fue Marilyn, que pasó otros años soportando todo con tal de comer.

Julio hizo su vida, tiene dos hijos y una esposa. Problemas como todo el mundo, pero esta bien. Marilyn está del otro lado del país y no tiene ni una intención de volver, se fue un domingo por la mañana cuando las malditas no estaban. Regresaron confiando que ella estaría ahí, siempre dejaban la puerta cerrada con llave. Cual fue su sorpresa al entrar, al darse cuenta que ella se había trepado la pared y escapado. No aguantó más la “vida” que llevaba ahí, y se fue.

Fue la primera vez que disfruté ver a esa señora, reflejando una preocupación en su diabólico rostro. Era la representación exacta de la hipocrecía. La señora se había quedado sin sirvienta.

Luego de unas semanas supimos donde estaba, se fue a oriente, del otro lado del país, donde sabía que ya no la molestarían. Y allá sigue, y allá seguirá.

El caso más triste es Ángel. Se fue a vivir a Panajachel luego de salir del infierno, y luego regresó. Estuvo en nuestra casa, mi madre lo recibió, y compartió varios meses con nosotros. No incomodaba, a excepción de las mañanas que quedaba ese olor tan característico de el que teníamos que abrir las ventanas. Y es que había un detalle con el, ¡NO LE GUSTABA BAÑARSE! Y evitaba con ahínco. Mi mamá le decía hasta el cansancio que lo hiciera, pero se hacía el desentendido. Trabajaba como ayudante en las camionetas, mi mamá le daba comida, techo y cariño, que fue lo que siempre quizo y necesitó.

Mi papá tenía una moto y cuando venía en las noches salíamos con el a dar vueltas por las calles, molestando a las señoritas que encontrábamos y yo contagiándome de su muy voluminosa risa, casi gritada.
No se cuanto tiempo estuvo aquí, y regresó a Panajachel. La familia de su mamá lo recibió y le dio lo mismo que mi mamá. Trabajó en los moto-taxis, y luego alguien del lugar le confió una lancha, en la que llevaba a la gente de un lado del lago al otro.

Y ahí estaba, ganándose la vida, sin molestar a nadie. Hasta que el día llegó. Regresaba de hacer uno de los tantos viajes que le tocaban, cuando súbitamente cayó de la parte alta de la lancha, somató su cabeza en el metal y cayó al lago. Todos sus compañeros lo buscaron durante días, pero nunca apareció. No pudimos enterrarlo, ni darle el último adiós. Solo sabemos que su cuerpo se quedó ahí, y su recuerdo con nosotros.
Sentimos su partida y lo recordamos.

Mi tía lloró su muerte, y nunca había escuchado un llanto tan hipócrita como ese.

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